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Poquita cosa

Hace unos meses un profesor de arte me escribió contándome que daba clases a alumnos de ciclos medios y superiores, que suele ponerles una canción a la semana para que la analicen y debatan sobre ella y me proponía que les diera mi propia visión de “Poquita cosa”. Esto fue lo que les envié.

“Poquita cosa” fue la primera canción que escribí con la mente puesta en un nuevo proyecto musical que esta vez sería en solitario y acabaría llamándose “Copiloto”.

Por aquel entonces yo vivía en Salamanca y tocaba la guitarra en un grupo en el que era el autor de prácticamente todas las canciones. La ciudad y el proyecto se me estaban quedando pequeños para lo que yo quería y necesitaba. Junto a Susana (cantante) ya nos habíamos pateado Madrid un par de veces con nuestras maquetas bajo el brazo para conseguir que alguna discográfica nos fichara pero no hubo suerte (aunque conocimos los estudios ASK de Alejo Stivel y al propio Alejo que estaba en su mejor momento como productor, el rey Midas del negocio).

Entre las incursiones en la capital y el hecho de que en Salamanca habíamos entrado en bucle grabando maquetas y repitiendo salas de conciertos me dio la sensación que vivía en un dèjá vu y decidí cambiar de estrategia.

En algún post ya he tratado el asunto grupo vs. solista de modo que no incidiré demasiado en eso, sólo indicar algunas conclusiones: estar en un grupo es fantástico si te llevas bien con todos, si cada uno tiene claro su papel y si el trabajo está equitativamente distribuido y nadie va a rebufo de nadie. Es normal que no a todos los integrantes de un grupo se les dé bien escribir canciones, pero en un grupo hacer canciones no lo es todo. Lo más recomendable es que si alguien no sabe escribir canciones no se empeñe en ello, si no sabe cantar que no cante y si no sabe tocar la batería… ¿tenemos claro a qué instrumento no debe acercarse?

Un grupo tiene muchas posibilidades de realización personal y da mucho trabajo. Y hay trabajo para todos. Si uno escribe las canciones otro puede buscar conciertos, otro encargarse de los diseños y la imagen de marca, otro organizar los ensayos, otro hacer que todo fluya y actuar de catalizador en las relaciones personales siendo un “líder interno” (como Charlie Watts o Adam Clayton) tener un “líder interno” es tan importante o más que tener un líder externo, una cara visible, un portavoz.

Pero ya os adelanto que si todo el trabajo recae solo sobre una o dos personas del grupo, por muchas agallas y ganas que tengan el desgaste aparece más temprano que tarde. Y esto es así en todas las ocasiones. Estar en un grupo va de repartirse el trabajo y la ilusión (qué agotador es ir tirando de alguien con horchata en las venas), lo otro es ser un solista con gente que cree merecer más. Y eso siempre acaba mal. Para eso es mejor ir por libre y dejarte de democracias injustas.

Decidí que tenía que instalarme en Madrid porque hay que estar en el meollo, al menos al principio, empezar de cero y dedicarme en cuerpo y alma a la música, a mi música. Y por motivos prácticos, de rapidez en la toma de decisiones, etc… lo haría como solista.

Era 2004 y la oportunidad perdida de Operación Triunfo (esta opinión no la puedo desarrollar aquí porque daría para otro post) estaba echando raíces en la juventud española. Enseguida se vieron las intenciones únicamente comerciales -nada didácticas- del talent show y la ignorancia que llevó a confundir a un público inmenso haciéndoles creer que un vocalista era una estrella del pop/rock. 40 millones de españoles pasaron de ser seleccionadores de fútbol a ser críticos musicales (ahora somos todos chefs). Ni Dylan ni Sabina ni Calamaro ni Leiva hubieran pasado el casting. Tampoco creo que se hubieran presentado y, de haberlo hecho y haber sido seleccionados, ¿cuánto hubieran aguantado en el internado?

Con OT el mercado quedó patas arriba. Subieron las ventas de discos (aunque estaba claro que era pan para hoy y hambre para mañana) y muchos chicos y chicas que podrían haberse montado grupos originales, con canciones originales, actitudes originales y vidas originales se desviaron y creyeron que hacer karaoke con gorgoritos, bailes y estilismos demenciales era el camino. Además, las radiofórmulas, la prensa, las televisiones… parecía que sólo estaban interesadas en eso. Era como el ataque de los clones, los llamados triunfitos eran tan numerosos que coparon los medios, no había sitio prácticamente para nadie más. Salvo por Amaral y su “Estrella de Mar” (gracias!!) esto era OTlandia.

El fenómeno se convirtió en algo tan perverso que recuerdo una edición en la que para salvar a tu “triunfito favorito” de la eliminación te hacían responsable de que vendiera una cantidad indecente de singles. Si no llegaba a X copias vendidas lo eliminaban. El buitre de los huevos de oro. El colmo del marketing. La música echa competición sin complejos. Todo al revés. Pero, oye, el público tragaba. Y lo sigue haciendo.

A pesar de lo expuesto quiero romper una lanza a favor de dos artistas que utilizaron OT pero que eran de verdad que no formaban parte del ejército de clones. Mai Meneses, que fue la primera expulsada de OT2, que escribió su propio single (que a mí me recordaba a Mikel Erentxun), que luego formó parte de Nena da Conte y lo petaron con algunas canciones pop muy buenas y Vega a la que considero una artista real y muy respetable. Después de OT2 ya no podría deciros mucho de sus concursantes. Pero el talent show es muy similar.

Os preguntaréis a qué viene todo esto sobre OT. Os lo aclaro; este fue el contexto en el que nació Copiloto y en el que escribí “Poquita cosa” y por eso he considero relevante haberme detenido en ello para comprender la letra de la canción con un marco temporal.

Musicalmente partí del riff de guitarra. Estaba practicando (o enredando con la guitarra porque no he sido mucho de practicar por practicar) y surgió esa melodía del inicio. Después saqué los acordes de la estrofa adaptándolos al riff. La canción empieza en Fa y eso no es muy habitual, al menos en mis composiciones y se debe a que la construí sobre las notas del riff y los acordes se adaptaban a él. No al revés.

En los años 90, que fueron mis años de aprendizaje y formación, la fuerza de las canciones de pop&rock se concentraban en los estribillos. Eran explosivos y se diferenciaban claramente de las estrofas, en las que se rebajaba la intensidad. (Un claro ejemplo de esta forma de hacer canciones serían “Nirvana”)

“Poquita cosa” bebe de estas fuentes. En las partes del riff y en los estribillos los acordes son abiertos y ruidosos y la batería se despliega con un derroche de platos. Por el contrario, las estrofas son más sosegadas, el bajo lleva el peso, la batería se hace pequeña y sin prácticamente presencia de guitarras se intuye marejada pero se contiene hasta “…Tú y yo…”

En el texto alterno, recurro a la segunda y la primera persona de singular porque me imaginaba hablando con alguien que estuviera sintiendo lo mismo y que no lo decía. Yo tomaba el papel de espejo para que el otro reconociera sus sentimientos, sus miedos, que eran también los míos. Y a continuación, paso a la primera persona del plural, lo que refuerza la sensación de unión, de comunidad, de hermanamiento. Todo es más fácil si compruebas que no estás sólo ni eres el único ni el raro. Juntos nos animamos a seguir nuestro instinto y a luchar por lo que queríamos conseguir entonces.

Para mi, “Poquita cosa” fue una declaración de principios. La escribí con emoción y rabia para darme ánimos y envalentonarme. En ella trato muy de forma muy sencilla de sentimientos y deseos universales tanto para gente que quiere hacer algo artístico como para gente que no se siente artista pero que persigue un sueño. Fue mi forma de decir que, a pesar de tener tanto en contra, no me iba a resignar, no me iba a rendir, no me iba a quedar paralizado por el miedo al fracaso, no iba a consentir que nadie me hiciera sentir menos importante, menos capaz o menos especial… Porque no era verdad.

Tenía la certeza de que no era la única persona que se sentía atrapada en una ciudad sin posibilidades para lo que yo había elegido, haciendo algo que no me gustaba, rebosando ideas y ganas y ambición. Ahora mismo hay millones de personas en el mundo en esa situación. Siempre las ha habido y siempre las habrá. Se trata de algo natural y cíclico que se repite en cada generación entre los 15 y los 25 años.

Por eso considero “Poquita Cosa” atemporal, intergeneracional y universal -aunque suene exagerado-.

En el texto hablo de mí y de mis circunstancias, de alguien que quiere dedicarse a la música y vivir de ello, pero la idea es flexible y se adapta a cualquier sueño (aunque no me gusta la palabra “sueño” en este contexto porque refuerza la idea de irrealidad y de imposible consecución así que prefiero la palabra objetivo o meta)

La manera de alcanzar lo que nos proponemos pasa por creer en nosotros mismos y en lo que hacemos. Esto es el antídoto del miedo. Tu meta puede parecer lejana, difícil e inalcanzable o quizá pienses que hay demasiadas personas haciendo lo mismo y/o haciéndolo mejor… Es posible… Por eso no tienes que buscarte un hueco sino crearlo. No hay que pensar en rellenar el espacio que deje alguien sino crear una nueva fila de asientos.

Cuando, como dice la canción, apagas la tele o la radio o el ordenador o el móvil o la Tablet o un libro o lo que sea, cierras los ojos y sientes como si te quedara el Everest por escalar es cuando aprovecha tu enano mental* para comerte la moral diciéndote que es imposible, que no merece la pena el esfuerzo, que no lo vas a conseguir, que hay objetivos vitales más sencillos de conseguir, que ¿para qué narices quieres dedicarte a algo tan incierto e injusto pudiendo ser o hacer algo más “normal”, algo que te dé mayor seguridad económica? ¿para qué escalar una montaña con lo agotador que es y las penalidades que se pasan? ¿para que luego igual haga mal tiempo y no puedas alcanzar cima? Por qué no invertir tus fuerzas (y tu dinero) en algo en que los resultados sean directamente proporcionales a tu esfuerzo. Algo que la sociedad reconozca en términos generales como “útil”. Ignora a tu enano*. Tú a lo tuyo. Que nada ni nadie te haga creer que -porque tus objetivos sean diferentes- tú eres poca cosa.

Inevitablemente te comparas con personas a las que admiras por cómo se han desarrollado sus carreras. En este punto se te plantean dos opciones:

  1. Aceptar que ese es un camino incierto y difícil y decidirte por el otro, más “seguro”, más acorde con tu entorno, con tus amigos, con tus hermanos, con tus primos, que tienen objetivos más terrenales (benditos sean, que envidia me dan!). Y recorrerlo.
  2. Aceptar que uno solo es lo que no puede dejar de ser y ponerte en camino sin que nada ni nadie te desvíe de tu objetivo.

Debes tomar una decisión. La indecisión es miedo, un miedo lógico y comprensible. Pero paralizante. Y esa parálisis es lo contrario a la vida.

Puedes postergarlo, pero en algún momento deberás decidir si quieres pasar por la vida o estar en ella.

¿Mucha presión, verdad? Vamos a rebajar la intensidad un poco. Verás, el truco es que lo que te va a joder la vida, lo que te va a machacar es la frustración. No saber lidiar con la frustración es lo que hace que tanta gente esté hasta arriba de Lorazepam. Y, ¡sorpresa!, ninguna opción es la correcta. No existe la opción acertada. No pierdes en ningún caso. Escojas el camino que escojas aprenderás cosas diferentes y crecerás de manera diferente. Pero hay que estar atento a las señales, si sientes que no puedes soportar estar donde estás más de una semana seguida quizás deberías de reconsiderar elegir el otro camino.

Uno puede sentirse solo, asustado e inseguro pero se puede superar y compensa.

Es la frustración, el no poder o no saber gestionarla lo que puede acabar haciendo de uno un muerto viviente.

Y para terminar, un consejo que nadie me ha pedido. Los objetivos son importantes, son la ilusión, pero el camino para alcanzarlos es el meollo. Lo que hay entre meta y meta es la vida. El día a día es la vida. No desperdiciéis vuestra vida. Que nadie ni nada os haga sentir “poquita cosa” porque no es verdad. No os resignéis ni sintáis que no contáis para nada. Eso es demasiado… Y es mentira.

 

El enano mental* es tu miedo hablándote, es un fanático de la seguridad que se ha ido instalando en tu cerebro desde que eras un bebé debido principalmente a ciertos tipos de educación. Debes tener claro esto: Si no te enfrentas al enano mental* no crecerás.

Poquita Cosa forma parte del primer álbum de Copiloto: Defensa del Artista Que no Existe, publicado en 2008.

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